La hermana Rocío, carmelita descalza y misionera devota casi desde el nacimiento, explicaba así su idea del Cielo: “el Cielo no es eso azul que está allá arriba, ese manto de aire y nubes, donde cuelgan el sol y la luna. Tiene mil formas y aspectos, una por cada persona que habita el mundo. Cuando tengamos que vivir en él eternamente, elegiremos cómo es el Cielo, nuestro propio Cielo”.
Ella, que escuchaba atentamente desde la última fila del aula decidió en ese mismo instante que su Cielo tendría la forma de una bañera gigante de agua dulce (en unos rincones) y agua salada (por la zona sur), toda muy caliente y con mucha espuma, y algunos peces de colores. Le gustó la idea de pasarse la eternidad metida en esa agua, de nadar la enorme bañera de un extremo a otro sin descanso. Aunque después, confesaría a su compañera de pupitre, cuánto miedo le daba la palabra “eternidad”.
Pero, la imagen del Paraíso propio se fue evaporando poco a poco, a medida que ganaba centímetros y dejaba de creer en dios. Y cuando tuvo la certeza de que cielo y paraíso no eran más que cuentos chinos, la bañera y sus peces de colores desaparecieron por completo.
Ahora trata obstinadamente, de encontrar su paraíso en vida; y a veces, si mira bien, si está atenta, encuentra un rastro de ese cielo en el que dejó de creer hace tiempo. Su paraíso imperfecto y terrenal.
Lo busca a diario en las sonrisas, en la caricia, en los textos que lee antes de ir a dormir, en la pantalla de cine, en las comidas compartidas, en la música que escucha cuando cierra los ojos, en las ciudades nuevas, en las noches de sexo dulce, en cada atardecer (hay atardeceres en los que incluso ha creído estar mirando, frente a frente, su verdadero Paraíso, así escrito, otra vez en mayúscula).
De celebración
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Una noche de tantas, tras la cena, cambié de rutina. En la habitación de mi
añorado piso madrileño, deje un día los libros y las series para plantarme
de...
Hace 5 horas
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